Antonio José de Sucre nació el 3 de febrero de 1795 en Cumaná, Estado Sucre, Venezuela. Sus padres fueron el Teniente Vicente de Sucre y Urbaneja y María Manuela de Alcalá. Recibió en Caracas una educación esmerada y se destacó en el estudio de materias relacionadas con la ingeniería militar, tales como el álgebra, la geometría, la trigonometría, la agrimensura, la fortificación y la artillería. A sus 35 años de vida, logró ser General en Jefe del Ejército de Venezuela, Colombia y Ecuador. La victoria en la batalla de Ayacucho le dio el grado de Gran Mariscal.
Su vida transcurrió en un luchar continuo. Su preocupación por los servicios, por la eficiencia administrativa, llenó muchas de sus horas. Fue indoblegable en su actitud vigilante por la probidad. Castigaba sin vacilar, con rigor extremo, crímenes, vicios y corruptelas, pero fue magnánimo con enemigos y adversarios vencidos. En Sucre resaltan sus conceptos del patriotismo americano, del honor, de la gratitud y la lealtad.
El Libertador, Simón Bolívar escribió en el año 1825 lo siguiente: «El General Sucre es el Padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del Sol; es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco-Capac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada».
En la última carta de Antonio José de Sucre a Bolívar, escrita en Bogotá el 8 de mayo de 1830, dice: «No son palabras las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a Ud.: Ud. los conoce, pues me conoce por mucho tiempo y sabe que no es su poder, sino su amistad, la que me ha inspirado el más tierno afecto a su persona. Lo conservaré, cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que Ud. me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas circunstancias merecerlo. Adiós, mi general, reciba Ud. por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de Ud. Sea Ud. feliz en todas partes y en todas partes cuente con los servicios y con la gratitud de su más fiel y apasionado amigo»
Sucre, tan humilde y tan glorioso al mismo tiempo, fue un paisano admirable y digno de seguir sus pasos. En la Batalla de Ayacucho, tenían los realistas 9.320 hombres disponibles y 11 piezas de artillería, Sucre sólo contaba con 6.000 hombres de infantería y caballería, y una sola pieza de artillería. En su arenga, al iniciar la Batalla, dijo con voz fuerte: “¡Soldados!, de los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur; otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia. ¡Soldados!: ¡Viva el Libertador! ¡Viva Bolívar, Salvador del Perú!”. Demostrando aquí valentía, estrategia, constancia, el amor a la unión de la América del Sur y la lealtad a Bolívar.
El General Sucre le da forma al “Tratado de Regularización de la Guerra”, dándole visos de “Derechos Humanos” a la confrontación militar. El Libertador escribiría más tarde: “Este Tratado es digno del alma de Sucre; la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron: él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra; él será eterno como el nombre del Vencedor de Ayacucho”.
Sabemos que quisiste venir a tu tierra natal y no te dejaron entrar, los enemigos de la unión suramericana se volvió en contra tuya, dándote muerte de la manera más traicionera y cobarde, dejándote tirado en el suelo ya moribundo al lado de la esperanza de un pueblo que fenecía con el hombre más glorioso de América. Aquella montaña de Berruecos se enlutó gritando de pena y dolor un 4 de junio de 1830.
Antonio José de Sucre vivirá siempre en nuestras reminiscencias, en nuestra sangre, en nuestras fibras, en nuestras ideas...
¡Viva Sucre! ¡Viva el Gran Mariscal de América! |