Cruz Salmeron Acosta
Amor Infortunado

¡Pobrecito mi amos!, se está muriendo
bajo el golpe fatal de lo imprevisto;
agoniza mi amor, triste y gimiendo,
sólo y tan resignado como un Cristo.

¡Se me murió mi amor! Tan solo, dijo,
el nombre de la amada indiferente,
yo le puse en el pecho un crucifijo,
cerré sus ojos y besé su frente.

Y envolví su ataúd con lo más bello
que a la vista tenía, todo aquello
que me gané en la lucha: rosa y palma,

Lo bajé de la fosa al negro fondo,
y lo dejé enterrado en lo más hondo
del triste cementerio de mi alma.


 

 

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